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El Cañi en toda su plenitud

Todo lo que necesitas saber para conocer y recorrer el magnífico “Santuario El Cañi”.

Por Felipe Arias.

A tan solo 21 kilómetros al oriente de la ciudad de Pucón, región de la Araucanía, se ubica una de las primeras áreas protegidas privadas del país. Se trata del Santuario El Cañi, una maravillosa reserva particular de 500 hectáreas de bosque templado lluvioso, cuyo nombre en mapudungun significa “la visión que transforma”, donde cohabitan una gran cantidad de especies de fauna y flora endémicas, incluida una vasta extensión de altivas y milenarias araucarias: las dueñas.

El Cañi llegó a mi horizonte a raíz de las recomendaciones de una amiga, quien ya había visitado la reserva un par de años atrás, pero solo por el día, y en una época en la que las nevadas no le permitieron ascender hacia el espectacular mirador principal, desde el cual se puede apreciar los volcanes Villarrica, Quetrupillán, Lanín y Llaima, y los lagos Villarrica y Caburgua.

Aprovechando uno de los fines de semana largo que brinda el calendario en abril, decidí acompañarla en su “revancha”, con la intención de acampar unas dos noches, y cómo no, ascender a lo más alto del santuario. A pesar de que la previsión del tiempo arrojaba alta probabilidad de lluvias y bajas temperaturas, decidimos seguir adelante con nuestra aventura.

Tras un viaje nocturno en bus desde Santiago, arribamos temprano a Pucón, en una agradable y soleada mañana de día viernes. De inmediato, nos dirigimos a un supermercado a comprar los alimentos que nos faltaban, y una infaltable botella de cabernet suavignon; para luego abordar una desdeñada micro rural que nos dejara en el sector de Pichares, a un par de kilómetros de la entrada de la reserva.

Una inédita historia de traspaso a la comunidad local 

Corría el año 1989, y la inminente adquisición del actual predio por parte de una empresa forestal, motivó al matrimonio Quartermaine-Braggs -que en ese entonces residía en la zona- a iniciar un proceso de recaudación de fondos, dirigida principalmente hacia el extranjero. La idea era hacerse con la propiedad del lugar, para así poder establecer un sitio prioritario de conservación ambiental.  

Gracias a una serie de importantes donaciones particulares, tanto de donantes chilenos como foráneos, entre los que se destaca un selecto grupo de filántropos norteamericanos de tierras silvestres, incluido el ya fallecido empresario conservacionista Douglas Tompkins; se logró comprar la totalidad de las propiedades que hoy integran El Cañi en el año 1992. Quedando todo a nombre de la Fundación Lahuen, cuya constitución se gestó, de modo exclusivo, para adquirir los terrenos que iban a conformar el futuro santuario.

Institución que siete años más tarde (1999) transfirió la administración de la reserva a un grupo de guías locales, tras la implementación de un proceso de capacitación, liderado por el Centro de Educación al Aire Libre (CEAL), en el que la comunidad local pudo hacerse de las herramientas necesarias para asegurar el cuidado y manejo del parque. 

Hoy por hoy, el trabajo desempeñado por los guías de la comunidad de Pichares ha permitido que el santuario se transforme en un proyecto de conservación y ecoturismo pionero a nivel nacional; desarrollándose con éxito una serie de diversas instancias de educación e investigación ambiental; así como un importante trabajo de reforestación de especies nativas, de la mano del propio vivero de la reserva.



De acuerdo a Roberto Sanhueza, guía y uno de los dos administradores del Santuario, en conversación exclusiva con Outside, la Fundación Lahuen “fue la primera ONG en Chile en dedicarse a la conservación del bosque, y cuando procede a comprar el Santuario El Cañi, aún no existía legislación ambiental sobre parques privados. Marcando un precedente, y transformándose en la primera reserva natural privada del país”.

-En base al trabajo de conservación que han llevado a cabo durante más de dos décadas en la reserva, ¿qué especies se han podido recuperar?

“Principalmente, el gran problema que tenía el bosque era que se estaba muriendo de viejo a raíz de que los campesinos lo utilizaban como lugar de ganado, y este mismo ganado vacuno se estaba comiendo todos los renovales. Aquí tenemos tres arbóreas principales, que son la lenga, el coigüe y la araucaria. Una de las especies que mayormente se ha recuperado en estos últimos 25 años, han sido las lengas, que ha florecido dentro del parque. También, hemos podido recuperar una laguna, que es la laguna Las Totoras, que antiguamente fue secada por los campesinos, y que es una zona de nidificación de aves acuáticas que se recuperó.” 

“A raíz de los trabajos de investigación que hemos desarrollado sobre el ecosistema en sí, han aparecido especies que no sabíamos que existían en el lugar, y que quizás con la depredación del vacuno no se había visto, como familias de coipos (Myocastor coypus) en la laguna Las Totoras, como el pato anteojillo (Speculanas specularis), el pato rana de pico ancho (Oxyura jamaicensis), y algunos zambullidores. Y hay varias especies que quizás con la protección misma volvieron a su lugar de nidificación”.

Destacada gestión que se ha visto recompensada con un importante aumento en la tasa de visitantes; pasando de 500 personas en 2007, a 8.000 en 2016, según datos proporcionados por el propio administrador. Incremento que para Sanhueza por un lado es beneficioso, pero por otro, genera algunas problemáticas. “Nosotros no pretendemos que se transforme en un lugar masivo, queremos un parque más tranquilo, donde se pueda vivir una experiencia, y para eso, hemos ido implementando durante este último tiempo ajustes a la capacidad de carga del lugar, es decir a la cantidad de visitantes; sobre todo en la época de verano”, concluye

Una biodiversa y única

Los bosques templado lluviosos del sur del continente, más conocidos como Selva Valdiviana, constituyen uno de los 35  puntos más biodiversos del planeta según la ONG Conservation International; cuya importancia biológica radica en sus altos niveles de endemismos -en especial de plantas, anfibios y reptiles-, la variedad de sus hábitats y formaciones vegetales únicas, muchas de las cuales se originaron en la época del supercontinente conocido como Gondwana, así como por su gran concentración de biomasa leñosa y sus altos porcentajes de acumulación de carbono.

Isla geográfica que se encuentra aislada de otros bosques por el desierto de Atacama, las cumbres de los Andes y la estepa patagónica. Comprendiendo alrededor del 40% del territorio continental chileno, incluyendo a las islas insulares de San Félix y San Ambrosio y las islas Juan Fernández, y una pequeña área de bosques adyacentes del sudoeste de Argentina.



De acuerdo al Inventario Nacional de Especies en Chile, de las casi 4.000 plantas vasculares que se encuentran en esta eco-región, casi la mitad corresponde a especies endémicas; equivalente a tres cuartas partes de todas las especies de plantas del país.  Misma proporción alcanzada por las más de 40 especies endémicas de anfibios y reptiles que yacen en estos biodiversos bosques del centro-sur del país; como la más que vulnerable ranita de Darwin (Rhinoderma darwinii). Claro que también es el hogar de decenas de mamíferos y aves endémicas, como el monito del monte (Dromiciops gliroides), el zorro de Darwin (Lycalopex fulvipes), la lechuza bataraz (Strix rufipes) y el colibrí de Juan Fernández (Sephanoides fernandensis), y  de muchas otras especies.

Alto valor ecológico que se ha visto amenazado por la sobreexplotación de sus bosques, los incendios provocados por malas prácticas agrícolas y forestales, la expansión de las plantaciones de especies exóticas, tal como el pino radita (Pinus radiata) y el eucalipto (Eucalyptus); así como por la ganadería extensiva, y la apertura de caminos en áreas con suelos frágiles con riesgos de erosión. 

Refugiados al calor de la fogata

A eso de las 2 pm, y tras recibir las indicaciones del guardaparques, comenzamos nuestra marcha al interior del santuario. Como el refugio Base se encontraba cerrado, decidimos continuar con destino al refugio Aserradero, emplazado a solo cuatro kilómetros del inicio de la ruta, a unos 1.000 metros sobre el nivel del mar. 

En absoluta calma, fuimos siguiendo la erosionada huella del terroso sendero, que se va internando a través de un par de empinadas praderas dedicadas a la ganadería y a la extracción maderera. Encontrándonos con un par de aventureros que venían descendiendo, quienes nos saludaron amablemente, para luego dejarnos un par de palabras de aliento a su despedida, con el clásico, y muchas veces engañoso: “vamos, no queda nada”. 

A medida que ganábamos altura el panorama se fue abriendo, apreciándose de mejor manera la ciudad y sus magníficos alrededores, como el Parque Nacional Huerquehue, emplazado a menos de 15 kilómetros de la reserva. Al cabo de dos horas y media de caminata, arribamos al rústico Refugio Aserradero, una bella construcción maderera, que fuese utilizada para el corte de troncos, y que hoy oficia como un lugar perfecto para descansar y cobijarse de las inclemencias del tiempo.

No bien las temperaturas comenzaron a bajar drásticamente, a medida que la luz solar se extinguía, prendimos el fogón que yace en el medio de éste. Al calor del fuego, y en absoluto silencio, escuchamos el reconfortante sonido de la madera incinerándose, y la estridente sonoridad del viento abatiendo las copas de los árboles; hasta que el sueño y el cansancio nos embargaron.



El Cañi en toda su plenitud

Bien entrada la mañana, desayunamos y preparamos nuestras mochilas para la tremenda expedición que se nos venía; cargándolas con agua, frutos secos, latas de atún, pan, chocolates y plátanos. Motivados con el tremendo sol que se posaba por sobre nuestras cabezas, partimos raudos al encuentro con la indómita naturaleza salvaje del Cañi.

Cuando nos aproximábamos a la bella Laguna las Totoras, donde comienzan a aparecer las primeras araucarias, un fuerte y repetitivo sonido, proveniente de unas altivas lengas, nos hizo detenernos. Eran los violentos picotazos en búsqueda de alimento de un par de pájaros carpinteros de cabeza roja (Campephilus magellanicus); una especie que se encuentra solo en Chile y Argentina, y que permanece en un vulnerable estado de conservación a nivel regional.

Luego de este sublime y fugaz encuentro, seguimos ascendiendo por el sendero hasta llegar a la bella laguna natural, en la que se produce un maravilloso fenómeno visual, al reflejarse en sus impolutas aguas el multicolor y biodiverso bosque y celestial cielo. Sentados al borde de su orilla, contemplamos el brutal contraste entre el color rojizo de las hojas de los coigües y lengas, con el verdor de las imbricadas y rígidas hojas de las araucarias.

Un par de kilómetros más arriba, se ubica el tercer y último refugio, que en realidad solo se trata de una extensa planicie a orillas de la Laguna Negra. Una decena de multicolores carpas yacían a unos pocos metros de esta fuente acuífera, entretanto sus ocupantes descansaban y tomaban sol a un costado de sus tiendas. Aquella idílica escena nos hizo barajar la idea de traer nuestra carpa y pernoctar allí, pero la calidez y comodidad del refugio terminaron esfumando esta posibilidad.

A un costado de la Laguna Negra, se sitúa el inicio de un breve y cautivante  sendero, a través del cual se pueden visitar seis pequeñas lagunas, de diferentes formas y tonalidades. Con bastante tiempo a nuestro favor, nos dimos el gusto de conocer y admirar cada una de estas increíbles fuentes naturales de origen volcánico, que muchas veces pasan desapercibidas.

Antes de que comenzara el ocaso, seguimos nuestra ruta rumbo al Mirador Melidekiñ, que en mapundungún quiere decir “cuatro volcanes”, a través de una escarpada y poco extensa senda que va serpenteando la ladera del cerro. Tras 45 minutos de rápida ascensión, en el que alcanzamos los 1.500 msnm, arribamos al famoso mirante. La alegría era total, y la vista sobrecogedora, con las salvajes e impenetrables colinas del Cañi, y los cuatro cráteres como protagonistas principales.



De un instante a otro, un intenso arrebol de tonos anaranjados se fue apoderando del cielo, mientras una espesa y grisácea neblina comenzaba a cubrir los cerros aledaños; dándonos aviso que se venía el temporal: era tiempo de comenzar el descenso. Las precipitaciones no tardaron en llegar, seguida de incesantes ventiscas. Con mucha precaución, fuimos descendiendo por el barroso terreno; llegando al cabo de unas dos horas al esperado refugio, cuando ya había oscurecido por completo, y nuestras linternas frontales eran lo único que nos podía guiar.

Con mucho entusiasmo, cenamos y brindamos por el inolvidable día que acabábamos de experimentar, y por nuestra última noche en el santuario.  Siéndome imposible no pensar en los cientos de miles de hectáreas de bosques nativos que no han corrido la misma fortuna que la de este valioso santuario, y que se han transformado en verdaderos cementerios naturales, a causa de la depredación de los seres humanos. ¿Cuántos Cañis más estamos dispuestos a sacrificar para satisfacer el voraz e insaciable apetito de este sistema extractivista? 



Datos a considerar 

El Santuario El Cañi se encuentra abierto al público durante todo el año. El valor de la entrada tiene un costo de 4.000 pesos por persona, a excepción de menores de 10 años, quienes tienen ingreso liberado; tal como todos los integrantes de la comunidad de Pichares, y los estudiantes de los colegios de escasos recursos aledaños a la reserva.

Por su parte, el camping  en el lugar tiene un costo de 3.000 pesos por noche. Cabe mencionar, que durante mayo a octubre, que es la época en que la reserva está nevada, se recomienda realizar los circuitos junto a un guía profesional, cuyos costos dependerán de la cantidad de personas.

Planifica tu visita aquí.

Revisa también: Protocolo Covid-19 Santuario el Cañi.


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