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El camino de la felicidad

Un viaje hasta una de las zonas más puras y originales de Vietnam, lejos del turismo de masas, donde los senderos se entrelazan para conectar a las comunidades originarias que viven entre las montañas, las terrazas de arroz y el cultivo en roca.

Por Ximena Martínez-Astroza.

Hace un tiempo tenía un sueño y era recorrer la frontera con China desde Vietnam. Surgió cuando vi un programa de viajes sobre grupos originarios al sur de China. Entonces pensé, quiero ir, para descubrir qué hay tras esas montañas del lado de Vietnam. Este país siempre me pareció interesante y auténtico y quería ver de primera fuente su riqueza cultural, en una zona que está lejos, aún, de la intromisión de occidente. 

Comencé la ruta desde Ha Giang con una amiga que conocí viajando, Elizabeth, chilena y originaria de Yungay (yo soy de Chillán). Aquí arrendamos una moto scooter de 125 centímetros cúbicos, muy inferior a otra que habíamos arrendado antes, en Indonesia. Pero ya estaba pagada y nosotras listas para comenzar. Llevábamos mochilas de siete kilos y un bolso de mano, y aunque parecía que nuestra máquina se iba a desarmar en cualquier momento, nos acompañó rauda en cada parte del viaje. 

La incomodidad era innegable pero el paisaje lo valía, pese a que estaba lloviendo. A ratos, el cielo figuraba blanco como una bomba molotov que acaba de explotar y las nubes se disipaban entre los valles y se robaban el protagonismo. Según meteorología, el clima se mantendría así, por lo que nos compramos unas capas de nylon gruesas y material de “flotador”, una fucsia y la otra violeta, ambas con lunares blancos, y al más puro estilo “teletubbie”, decidimos darle color a este paraje y lo logramos. De hecho, nos dijeron que era el mejor “outfit” que habían visto y claramente sacamos más de una carcajada.

Toda esta historia comienza en la capital de Vietnam, la revolucionada Hanoi. Allí tomamos un bus nocturno que nos llevó a Ha Giang, 300 kilómetros al norte, y que se demora seis horas en llegar al pueblito donde arrendamos la moto.

En una semana hicimos un circuito que se interna en la cordillera norte de Vietnam, en la meseta de Dong Van, reconocida por la Unesco como un parque de importancia geológica porque refleja períodos claves de la morfología del planeta y porque posee una amplia diversidad paleontológica que data del período cámbrico, que se remonta a unos 550 millones de años. Aquí se han encontrado 19 tipos de organismos antiguos, como trilobites, corales y bivalvos, y el 60 por ciento de la superficie está conformado por piedra caliza, miles de montes cuyo punto más alto es Mieu Vac Mount, con 1971 metros, donde el cañón más profundo tiene alrededor de 800 metros. 

La provincia de Ha Giang comprende cuatro distritos: Quan Ba, Yen Minh, Dong Va y Meo Vac. Todos ellos pueden ser recorridos gracias al loop que se adentra en las pequeñas villas salpicadas en la montaña, donde viven 17 de los 54 grupos étnicos que habitan el extremo norte de Vietnam. Estas montañas de roca caliza han forjado, por años, una vida donde grandes y chicos juegan, trabajan y se alimentan de los faldeos de la montaña y del valle, experimentando una vida dura, pero no por eso, menos feliz.



Al salir de Ha Giang aparecen por todas partes cientos de pináculos de piedra caliza, cuyas bases se mezclan, generando diferentes valles y paisajes. El recorrido avanza por la provincia con el mismo nombre, compuesta por las cuatro comunas que, en total, alcanzan los 800 mil habitantes, un área donde el 90 por ciento de la población corresponde a comunidades originarias que aún conservan su estilo de vida. La mayoría vive de los cultivos de arroz que se dan en el valle y del maíz que se da en las laderas de las colinas, además de algunos vegetales y frutas que son vendidos en las ferias locales.

En esta zona del planeta ubicada a los pies del Himalaya, el tiempo está detenido. Los locales usan sus trajes típicos, unas faldas similares a las altiplánicas, con pliegues y colores fuertes que combinan con una faja y calzas de colores. Por otra parte, las construcciones suelen ser precarias. En los pueblos hay viviendas de concreto pero, en general, en ruta usan el material que tengan a la mano, muchas veces madera reutilizada, nylon o pizarreños viejos. Es fácil ver en el camino a los mismos locales mejorando la ruta, con picota en mano, golpeando las rocas para romperlas y luego ubicarlas como baldosas en las entradas de las casas. 

Este simple gesto nos lleva a 1959, cuando las comunidades se unieron para crear un camino que permitiera a los 17 grupos étnicos transitar entre los diferentes pueblos. Así se forjó el “Camino de la felicidad”, a punta de pala, picotas, martillos y carretillas, elementos que miles de jóvenes voluntarios usaron a pesar de las condiciones climáticas de la zona: lluvia, temperaturas bajo cero, niebla o bajo el sol abrasador, además de permanecer en un lugar que no contaba con alimentos o agua para abastecer a los trabajadores. 

La construcción, que tomó seis años, unió cuatro pequeñas ciudades y se extiende por 185 kilómetros y hoy, es el camino que turistas usan día a día para conocer esta parte del planeta. El nombre que recibió hace honor al sudor, a la sangre y a las vidas de las personas que trabajaron por dejar de ser grupos aislados. Ellos tomaron la bandera de lucha en nombre de las futuras generaciones para que el acceso a la comida, a la educación o a la salud fuera una opción, cambiando así, aquella realidad que los mantenía incomunicados.


Ha Giang “loop” es un lugar que vale la pena visitar, una ruta que incluye todo lo que un aventurero busca: naturaleza que maravilla, y la inocencia y la buena voluntad de la gente local, quienes aún conservan su estilo de vida, el sentido de comunidad que labró esta carretera con sus propias manos y la esperanza de un futuro mejor; lo que hoy permite a miles de turistas conocer la zona.


Luego de los primeros 50 kilómetros se encuentra el mirador más famoso y más popular entre los turistas: “La puerta del cielo”, donde se puede ver el valle tapado de nubes y los rayos del sol filtrándose entremedio, bajando hasta el camino que se dibuja como una delgada línea zigzagueante en medio de la meseta, iluminando la cordillera vietnamita pintada como un óleo con verde intenso, que combina con las terrazas de arroz que comienzan a tomar un color amarillento cuando son cultivadas. Un paisaje que deja la mente en blanco, y que representa, solo el comienzo de lo que viene.

El circuito de Ha Giang tiene 350 kilómetros en total y se puede hacer en una semana, aunque claramente da para más porque cada conjunto rocoso, cada pueblo y villa, son diferentes, y vale la pena disfrutar cada paisaje sin prisa.

En ruta se puede ver cómo la gente local trabaja en la agricultura, subiendo por empinadas montañas con un cesto de plástico en la espalda, tomando el maíz que crece entre la maleza y las rocas. También se les puede ver trabajando los campos de arroz, cortando la maleza, moviendo la tierra o mejorando la terraza. Además, es posible ver grupos de niños por el camino, muchas veces ofreciendo productos a uno u otro motoquero que pasa por el lugar. Solo basta con gritarles “hi” y los chicos corren para chocar la mano. Por último, siempre hay personas caminando en la carretera, por lo que es necesario conducir con precaución ya que el recorrido avanza por eternas rutas con curvas extremadamente pronunciadas, muchas veces, no asfaltadas, delgadísimas, en las que circulan autos y camiones.



La Montaña del Dragón

El punto más cercano a la frontera con China es el monte Nui Rong o Montaña del Dragón, ubicado en Lung Cu, que significa “donde el dragón reside”. Según la leyenda, los aldeanos llevaban una vida muy dura debido a la falta de agua. Pero antes de ascender al cielo, un dragón dejó sus ojos, los que se transformaron en lagunas. Así, a cada lado de este monte hay una laguna de agua verde y ambas son llamadas “los ojos del dragón”.

En la cima de esta montaña se ubica una torre de 30 metros, en cuya cúspide flamea una bandera de 54 metros que representa la unidad de las 54 comunidades originarias que habitan a lo largo de esta zona. Además, camino a la bandera se pueden encontrar trilobites, un grupo de fósiles que data de 520 millones de años, lo que confirma la importancia geológica mundial que tiene este parque. Desde la cima también se puede ver el valle en toda su extensión y las montañas de piedra caliza cubiertas de verde aparecen como milenarias pirámides. Este, sin duda, es uno de los puntos más significativos del recorrido, donde miles de montículos aglutinados y decorados de verde se entrelazan modificando las formas y la extensión de los valles. 

Para ingresar a este parque se debe pagar entrada en la administración del recinto, donde hay una tiendita con productos que los mismos locales cosechan, como té, miel o diferentes hierbas con propiedades medicinales. Un claro ejemplo de vinculación con la comunidad y de apoyo a los diferentes grupos étnicos.

“Sendero al cielo”

En Ma Pi Leng es posible realizar una caminata de 4 kilómetros que toma alrededor de 3 horas y que va desde una altitud de 1.350 metros a los 1.850. Comienza en Xeo Sa Lung y termina en la villa de Ma Pi Leng, atraviesa dos comunidades y un angosto camino en medio de las montañas llamado Sky Path, que es un poco escarpado al comienzo y que luego baja al valle y serpentea las montañas. Allí es posible ver a niños jugando entre el abrupto paisaje y a los locales trabajando la tierra, trasladando hojas y ramas secas a sus hogares, acarreando animales. Este es un sendero solo apto para transeúntes, angosto y escondido, y es utilizado mayormente por los locales. 

En este lugar corría una brisa fría, el cielo estaba despejado y el sol pegaba fuerte. A lo lejos escuché unas campanitas, entonces miré al cerro pero no logré distinguir nada. Finalmente, avancé y vi entre los matorrales a unos niños acarreando dos cabras y un burro. Debían tener alrededor de 7 u 8 años y se dirigían desde la ladera del cerro hacia el camino principal, que es un corte del cerro que no tiene más de 3 metros de ancho. Los chicos iban haciendo morisquetas, riendo y jugando en un lugar donde solo estaban ellos, sus animales y la montaña. No había nadie más en kilómetros. Yo era solo una invitada, mirando cómo se desarrollaba esta mágica escena, donde la luna comenzó a aparecer al fondo de la ruta por la que avanzaban. 

Una de las partes más maravillosas del recorrido está ubicada en Ma Pi Leng y consiste en un sendero de 20 kilómetros creado por los propios locales para unir los pueblos de Dong Van y Meo Vac. Actualmente, este sendero es netamente pedestre y sigue utilizándose para llegar a distintas villas o pueblos. También hay un tramo disponible de 4 kilómetros en el que se atraviesan dos aldeas, donde el camino es majestuoso y donde prima un silencio que se alterna con el silbido del viento.

Subir entre las rocas y el maíz sembrado en la ladera de la montaña y observar la vida cotidiana de estas personas, es un regalo. El paisaje se humaniza al ver a los chicos con ropas coloridas corriendo en medio de las rocas y arbustos, en medio de los huertos y en medio del té que crece silvestre.

-Xime, mírame- escuché con eco

-Dónde estás que no te veo- le respondí a mi amiga Elizabeth

-Acá, donde está el sol

-No te veo- me puse una mano en la frente

-Acá arriba ¡en la ladera!

Allí estaba Elizabeth, con el sol en contra. Solo podía ver su diminuta silueta con el teleobjetivo de mi cámara. Estaba en el cerro de al lado, mucho más avanzada que yo. Su silueta a contra luz, que pasaba inadvertida entre las rocas, evidentemente refleja cuán pequeños somos ante la naturaleza.

Plástico en el camino 

Pese a que este recorrido no es popular, aún así se puede ver basura en la ruta, algo difícil de explicar debido a la pobreza que azota a la zona, donde en kilómetros no hay minimarkets. Sin embargo, aquí proliferan envases plásticos, de dulces y snacks. Los guías locales explican que los turistas les regalan estos alimentos a los niños locales, y como ellos no están acostumbrados a los envases, los tiran al suelo. Así que una de las recomendaciones es guardar la propia basura, recoger la que se ve en el camino y no darles dulces a los niños (o llevarse esta basura si se hace).

Mercado en Du Gia

En Du Gia termina el circuito. Este pueblo solo cuenta con un par de homestay, unas cabañitas en medio de las terrazas de arroz que los mismos vecinos han construido, simples, sencillas, porque aquí se vive y se desarrolla el turismo sostenible.

Un buen día para llegar es el domingo, cuando se establece un mercado local donde las distintas etnias confluyen para vender o comprar frutas, verduras, plantas medicinales, semillas, comida, carne y animales como vacas, chanchos, cabras, perros y gallinas. 

Asistir a un market local y respirar la cultura que brota como la humedad después de un día de lluvia, en un sitio alejado de lo procesado, donde la mayoría de los productos son elaborados y cultivados por las mismas comunidades, se transforma en un imperdible al extremo norte de Vietnam. Los colores y las texturas se toman cada centímetro de este espacio, donde las mujeres mayores usan paños alrededor de la cabeza y del mentón, y los bebés van amarrados a la espalda, mientras que los hombres usan camisas blancas o negras que recuerdan a las chaquetas chinas. Es un lugar auténtico y puro, donde los turistas aún son minoría.



Las hojas que crecen silvestres en medio de este rocoso paisaje en medio de la ladera, hacen que sea un lugar ideal para disfrutar de los colores, de la luz de la mañana, de los sonidos, de los olores y de degustar la comida local, las sopas y los postres a base de arroz, además del green tea más puro que he probado en la vida. 

En el polvoriento Du Gia, la temperatura debe superar los 30 grados, sin viento. Por la tarde es común ir al río y para llegar hasta aquí hay que atravesar pequeños villorrios donde la gente es muy amable, te saluda y pese a no hablar inglés, intentan ayudarte a buscar el camino. De nuevo, los niños corren a saludarte mientras juegan por el campo con los animales, preocupados del día a día, viviendo su infancia. Un chapuzón en una caída de agua, en la fría corriente de la montaña vietnamita, es todo lo que se necesita para comenzar a cerrar este viaje. Quedamos con el corazón sobrecargado de emoción.

Conocer este pedacito del planeta es uno de los regalos más lindos que uno le puede hacer al alma. Es un destino ideal para los viajeros que buscan historia, cultura, naturaleza y una realidad que muchas veces golpea, por el trabajo infantil y por la pobreza extrema en la que viven muchas familias, sin agua potable y a veces sin alimentos. Pero aquí he visto felicidad y he sentido el cariño de cada niño que corrió a chocar mi mano. 

Nunca olvidaré, cuando por coincidencia, encontramos una carpa decorada con cintas de colores en medio de las montañas, mientras los invitados iban llegando con joyas, perfectamente vestidos según la tribu. Bajé la cámara y fui a conversar con ellos. No nos entendimos, y con nuestro atuendo de viajeras empolvadas, casco en mano, mochila y cámara a un lado, nos tomaron del brazo y nos invitaron a pasar. Nos sentaron en cada mesa del lugar y nos dieron licor de arroz, todo entre risas. Nunca supimos de qué se trataba la celebración, pensamos que era una boda, pero todos parecían novios y novias. Se veían tan lindos. Nadie hablaba inglés pero nos despidieron con los brazos alzados y nosotros nos quedamos con un recuerdo que jamás olvidaremos.

Ha Giang es un lugar valioso por su naturaleza y su carga cultural. Espero que las comunidades sigan conservando sus tradiciones, pese a que occidente cada día toca su puerta. Apelo a que, como viajeros, logremos entender y respetar su cultura, a su gente y su visión de vida. Tal como lo hace el dragón milenario que -según la creencia local- resguarda la provincia de Ha Giang desde Lung Cu, vigilando el valle, los pináculos de piedra caliza y la producción agrícola, de la que depende la prosperidad de la comunidad.


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