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La montaña es para toda la vida

La vida se ha encargado de llevarlo por el sendero indicado. Y a pesar de que ha tenido que superar procesos difíciles, la luz y el amor que tiene por lo que hace jamás se ha apagado. Esta es la historia de un grande, tan grande, como las cumbres que ha logrado conquistar alrededor del mundo.  

Por Antonia González. Fotos por Cici Rivarola.

Sincero, transparente y sencillo. Y creo que estarán de acuerdo conmigo al decir que, probablemente, es la persona más apasionada y motivadora que hayan conocido jamás. 

La calma con la que habla, la expresión de sus ojos, su determinación y la forma que tiene de ver la vida, transmiten su esencia y dejan al descubierto las experiencias que ha tenido que pasar a lo largo de sus 48 años; en un camino que ha estado marcado por grandes desafíos, inestabilidad y duros procesos, pero por sobre todo, momentos que le han dejado grandes aprendizajes para el alma.

Conversar con Andrés Zegers (48) es como tener un libro abierto en frente, de esos que no dejan de sorprender y que podrías volver a leer muchas veces más. Y este, es un pedacito de su historia. Un hombre que con su convicción y amor por la montaña, ha llegado a ser uno de los escaladores más trascendentales y reconocidos de nuestro país. Para algunos, una verdadera leyenda del montañismo chileno; para mí, una historia que aún no termina de escribirse. 



El inicio de muchas cumbres

Andrés nació en los años 70, cuando el montañismo recién estaba ocupando un lugar en Chile. Creció y se crió en Santiago, un sitio privilegiado en el mapa por estar rodeado de infinitas cumbres. Así lo vio él, que desde muy pequeño, y a pesar de estar inmerso en la ciudad, nunca dejó de explorar. 

“Siempre me gustó el contacto con la naturaleza, la observación, la cantidad de cosas que uno ve, que en general a uno se lo enseñan en una sala de clases y no comprende nada, porque no lo has visto. Entonces tratar de entender un poco más de eso, para mí era interesante, y en la medida que uno tiene un contacto mayor con eso,  al menos en mí, despertó un lado más primitivo, que es la necesidad del ser humano de relacionarse con  la naturaleza y sentirse libre, y que en la ciudad está bastante perdido y lejano…desde el smog que no nos deja ni ver la montaña”, asegura. 

Y continúa: “Y yo me pregunto, cómo vamos a poner atención a la naturaleza si muchas veces no sabemos ni quiénes son nuestros vecinos…o sea, a pesar de que en la ciudad hay tanta gente, estás demasiado metido en tus cosas y en tu mundo personal, y creo que si bien, en la naturaleza hay menos gente, a la vez tu mundo no es tan tuyo, sino que tienes que convivir y relacionarte con ella, que es gigante”. 

En el colegio ya le interesaba la montaña. Esto, porque desde los cuatro años que acompañaba a su padre a la cordillera a pintar paisajes de la naturaleza. “Mi padre es un pintor aficionado, muy bueno. Me acuerdo que lo acompañaba a pintar a Farellones o al Cajón del Maipo. Y desde ese momento que me llamó la atención estos personajes que iban con una mochila en la espalda, que venían de un cerro o volvían de uno (…) yo les preguntaba a dónde iban y me apuntaban estas montañas gigantescas. Al principio no les creía, lo encontraba demasiado colosal para que una persona lo pudiera hacer. Pero cada vez que iba, todos me decían lo mismo, y yo seguía pensando que me estaban tomando el pelo. Después me empecé a dar cuenta que no podían estar todos confabulados con la misma mentira…”, ríe con inocencia.  

Con esa misma curiosidad, a los 15 años se inscribió en la rama juvenil de montaña, en la Universidad Católica y vio que tenía altas capacidades para realizar grandes caminatas y subir cerros. Por lo mismo, es que a los 17 subió el Aconcagua (Argentina) y en ese momento, descubrió que ser montañista era su evolución natural. “Después de los años 50, ya no era tan importante el qué hacías, sino cómo lo hacías y por dónde lo hacías. Lo mismo fue para mí, después de subir el Aconcagua por la misma ruta normal, que es caminata. Me di cuenta de que podía hacer mucho más y empecé a escalar en roca, en paredes, en hielo y de ahí empecé a mezclar todo eso”, recuerda.

Terminando el colegio decidió estudiar psicología pero se dio cuenta que no era lo suyo. Al año siguiente se matriculó en fotografía y tampoco se sintió cómodo. Allí comprendió que su lugar estaba en las montañas, viviendo al límite y saboreando esa libertad que siempre le gustó sentir.

Tuvo sus ideales y sueños marcados desde muy pequeño, por lo que siempre fue congruente con lo que quiso. Lógicamente requiere de una cierta fortaleza seguir el camino propio y desde la adolescencia, cuando muchos están perdidos buscando respuestas, él se dedicó seriamente a lo que quería hacer. 

De esta manera, se le abrió la posibilidad de tomar un curso en la escuela Nols y allí comenzó a trabajar como guía de montaña. “Empecé a dictar cursos. Básicamente trabajaba para seguir escalando en roca y en montaña; con lo mínimo y a veces menos que lo mínimo. En ese tiempo tenía 20 años”. 

Y prosigue: “en ese tiempo la escalada en Chile estaba en pañales, habían muy pocas rutas, muy pocos escaladores, no existían los gimnasios de escalada, el universo de escaladores era muy reducido, había poco equipamiento y el que vendían era carísimo, valía el doble que en Estados Unidos o Europa. Conseguirlo era sumamente difícil”, dice.

“Por otro lado, estaba el mundo de la montaña…donde si tú escalabas, eras escalador, y si caminabas, eras montañista, se diferenciaba mucho. Ahora menos, porque hay toda una generación de escaladores alpinos que son atletas, trabajan su condición aeróbica y son escaladores de roca y de hielo”, agrega.


Y aclara: “en la zona centro, la mayoría de las montañas son caminatas, no son técnicas. Por ejemplo, vas al Ojos del Salado en Los Andes y vas caminando con zapatillas, con suerte te pones los crampones. El Aconcagua lo mismo. Si quieres hacer cumbres más técnicas como Torres del Paine, ahí tienes que escalar sí o sí”. 


En 1991, cuando tenía 20 años, Andrés fue por primera vez a Torres del Paine, a un lugar llamado Valle del Francés, donde logró escalar el cuerno central. “Hicimos la primera ascensión en el día. Y bueno, en esa época los pronósticos meteorológicos no existían, como lo son ahora. Entonces uno tenía que mirar más las nubes, el barómetro, el viento y otros factores. Nos pasó que cuando el tiempo estaba mejor, subíamos a montar un campamento y al día siguiente estaba malo y teníamos que bajar. Así lo intentamos dos veces y a la tercera dije no po, lo estamos haciendo todo mal”, cuenta. 

“En ese momento se me abrieron los ojos de la mentalidad alpina; el cómo abordar estas montañas y rutas grandes, donde el clima es inestable. Allí los horarios los va imponiendo la montaña. Entonces no hay que regirse tanto en base a la planificación, porque no hay mucha decisión. Hay que aprovechar la ventana y desechar el concepto del día y la noche”, continúa.  


Andrés en la cumbre del Huayna Potosí, Bolivia. (Foto archivo Andrés Zegers).

Ahí se acuñó en él, el concepto de escalar en una jornada, que no significa hacerlo en solo 24 horas, sino que escalar la ruta hasta terminarla. “Pueden ser 12, 24, 36, 48, etc.”, explica. “A mí, esa expedición me abrió los ojos porque hicimos jornadas largas y obviamente dimos jugo, que fue parte importante del proceso, pero me di cuenta de que uno va traspasando límites de cansancio, pasas un umbral. Te das cuenta de que puedes y que siempre puedes seguir más. Entonces mi lema siempre es tratar de ir rápido y liviano”, asegura. 

Cuando no hay nadie más, hazlo tú mismo…

“Luego me fui a Yosemite, solo”, cuenta Andrés. Nunca encontró un compañero o una cordada, por lo que empezó con esta misma mentalidad alpina a mirar, por ejemplo, la Punta Zanzi en el Cajón del Maipo, u otras cumbres en Patagonia. “Para todos acá, eran escaladas de tres días. Hoy, la mayoría las hacen en el día, pero en esa época te trataban de loco. Yo decía, ¡¿pero cómo?! Si son 7 largos solamente. Se puede. Esto es la preparación para subir otras montañas más técnicas en otros lugares. Si tú quieres escalar una montaña de 30 largos, tienes que ser capaz de escalar 6 o 7 largos en un día”, aclara. 

“A mí me costaba mucho encontrar a alguien con mi misma mentalidad, así que fui a Estados Unidos y mi nivel en lo que es escalada en pared se disparó, y creo que me adelanté mucho a mi generación en ese entonces”, agrega. 

Siempre pensó que tuvo la suerte y la desgracia de haberse adelantado. La suerte, porque en Chile y en otros lugares se le dio la oportunidad de ser el primero en realizar muchas travesías y ascensiones; la desgracia…que nunca encontró una cordada. 


“¿Bueno, y qué vas a hacer si tienes ganas de hacer algo y no hay nadie con quien hacerlo?  O lo haces solo…o intentas encontrar a alguien. En Estados Unidos me encontré con un chileno, Rodrigo Mujica, con él escalamos el cuerno central en Paine y con él hice varias rutas largas en el valle de Yosemite, pero principalmente, escalaba con extranjeros que conocía ahí”, dice.


Y así, estuvo seis semanas en uno de los mejores lugares del mundo para escalar, y a pesar de llegar solo, siempre tuvo a un compañero en la roca. “Me pegué un salto cuántico, porque ya ese año escalé El Capitán en el día, la ruta “The Nose”, realizando de paso la primera ascensión chilena a la pared grande del Capitán. Ese año terminé haciendo mucho más de lo que yo me imaginaba”, cuenta. 

Su primera ruta fue “Zodiac”, que es netamente artificial y la ascendió con un esloveno que conoció allí. “Las otras cordadas se reían de nosotros porque íbamos con lo mínimo, pero al final fuimos de los pocos que terminaron la ruta. Y era tan mínimo el equipo que llevábamos, que las hamacas de camping eran de malla, no de pared. Dormíamos en esa… porque era lo que había. Teníamos muy poco dinero. Nuestra alimentación no era la mejor; un snickers para la mañana, otro para el almuerzo y otro para la noche”, recuerda con una sonrisa. 

Después se metió de lleno en el mundo de escalada artificial, y el segundo año que viajó a Yosemite hizo la ruta “Zenyatta Mondatta”, en El Capitán. “En esa época estaba graduada como A5, que es el máximo de la escalada artificial, así que era de respeto”, recuerda.

De esta manera, fue al valle como seis años seguidos a probarse. Realizó algunas de las rutas más duras de escalada artificial de la época, como el segundo ascenso a “Articr Sea” en Half Dome, el tercer ascenso a “Plastic Surgery Disaster” una de las más duras del Capitán, y el ascenso más rápido (39 h) en “Excalibur”, entre otras.  

“Después de Yosemite empecé a ir más a Patagonia. Aún no encontraba una cordada pero sí tuve muy buenos compañeros, casi todos extranjeros. Al ir a Yosemite te empiezas a relacionar con una tribu de escaladores de todo el mundo. Así vas encontrando compañeros. Depende del proyecto que tiene cada uno también”, enfatiza.

Luego de todo ese aprendizaje, y a finales de los 90, Andrés ya había escalado las tres Torres del Paine, la norte, la central y la sur. Luego empezó a escalar más en hielo, hasta que nació su hija, Saire. “Ahí, empecé a trabajar más y mis tiempos eran más acotados. Se hacía más necesario hacer ascensiones rápidas porque no tenía mucho tiempo entre medio. Y empecé a aprovechar cuando estaba aclimatado por mi trabajo para hacer ascensiones más altas, ya con una preparación previa”, cuenta. 

Visión Alpina en práctica

Con esa mentalidad, años más tarde subió y bajó el Marmolejo (6.108 m), en los Andes centrales, en apenas 17 horas. En 2004, hizo la primera ascensión por el día del Huascarán Sur de 6.768 mts, desde Musho (3.050 mts), ida y regreso por la ruta del Escudo en la Cordillera Blanca de Perú.

En diciembre de 2011, junto a su compañero italiano Andrea Di Donato realizaron una ruta nueva de 800 metros por la pared sur del Aconcagua, a través de una nueva variante de la Ruta Francesa Directa. “Fue una ascensión  samurai, con una cuerda de 8.1 de 42 metros. Escalamos hielo vertical y desplomado sobre 6.900 metros, en hielo negro (es hielo milenario, de glaciar, muy antiguo y muy duro) con solo una mochila. Llevábamos un saco de dormir para compartir y hacíamos cucharita, para ir livianos. No llevábamos carpa: una bolsa de vivac y listo”, comenta.

“En el segundo día en menos de 4 horas ya habíamos hecho toda la parte técnica y llegamos al glaciar superior, 200 metros de desnivel en 5 horas, un infierno de penitentes bajo la nieve profunda. La pared al final fueron 50 horas, un poco más de dos días. Llegamos a la cumbre, y ya bajando por la ruta normal del Aconcagua nos encontramos con unos guías amigos que tenían una carpa comedor gigante y nos prestaron mantas, colchonetas, nos dieron comida. Nosotros éramos como los héroes”, ríe. Ese año, salió como mejor andinista y mejor ascensión del año, por la Federación de Andinismo de Chile. 

Luego, en 2012, realizó una nueva ruta en la cara oeste del Sajama (6.542 m), en Bolivia. Después ascendió la cara sur del Ala Izquierda (500 m, 60º, D) del Cabeza de Cóndor, un bello pico de 5.532 m del sector del Condoriri. Posteriormente, descendió por una canaleta en la cara noreste para proseguir con una travesía hasta otro canal que le condujo directamente al collado Ala-Cabeza de Cóndor (5.648 m).

Y con esta previa, se desplazó hasta el famoso Huayna Potosí (6.088 m), donde estableció un nuevo récord de velocidad en la cara oeste. Una vertiente de 1.000 metros de desnivel, con pendientes de hasta 70º, que consiguió completar en menos de tres horas.


“Cuando cumplí 40 dije, “¿sabes qué? toda tu vida has querido ir al Himalaya con la visión que tú tienes de la montaña, que es una visión alpina”. Entonces todo lo que hice en esos años, era una preparación para eso. Tenía un objetivo, pero al final todos mis proyectos del Himalaya siempre se fueron desvaneciendo”, reflexiona.



Un quiebre inesperado 

Una de esas primeras trabas para ir al Himalaya, fue justamente al bajar del Huayna Potosí, cuando decidió visitar a unos amigos ariqueños que se estaban iniciando en el mundo del alpinismo, y así abrir nuevas rutas en el sector de Copaquilla.

En su regreso a Arica -por la falta de conexión con los buses que bajan desde el sector- optó por volver haciendo dedo. “Me llevó un auto donde iban varios cabros. Nos pararon para un control a la entrada de Arica y ellos no pararon, siguieron de largo. Arrancaron conmigo arriba varios metros, hasta que pararon, dejaron el auto ahí y salieron arrancando, yo me quede ahí, y llegaron los pacos ¿y yo porque iba arrancar?, además andaba con todas mis cosas”, cuenta.

“Ahí los carabineros me dijeron “tírate al suelo”. Ellos andaban en moto, pero ni siquiera hicieron el esfuerzo de perseguirlos. Yo les decía, “pero síganlos”… y ahí, mientras yo estaba tendido en el suelo llega uno y me pega una patada en la cabeza. Yo me paro como resorte y se me vienen dos pacos encima. Y me dicen, “tranquilo flaco” y yo les digo, “yo estoy tranquilo, estoy colaborando en todo momento, lo que quiero saber es quién me acaba de patear la cabeza”…y me dicen que nadie me había pateado la cabeza, me paso la mano por la cara y les muestro la mano ensagrentada y pregunto si acaso no veo visiones y ¿eso no es sangre? Yo estaba enfurecido (…) me suben y me llevan a una comisaría. Yo me conseguí un abogado que llegó antes que yo a la comisaría. Y allí me desaparecen varias cosas, entre ellas mi tarjeta de memoria con las fotos del Huayna Potosí”, agrega.

Y continúa: “imagínate, aparecer en los principales canales de televisión y portadas de medios de prensa como ladrón de un vehículo o receptación del mismo. Tener que operarme la nariz debido a la gravedad de las fracturas y mantener reposo por meses y por tanto imposibilitado de trabajar. ¡¡¡Absolutamente Kafkiano!!! Y encima de eso, estar defendiéndote por años, demostrar tu inocencia por un delito que nunca existió solamente para encubrir un mal actuar. Debo agradecer que, al menos, no me pusieron drogas o un arma que es lo más común en estos casos y ahí nadie te salva. Lo cual también me hizo abrir los ojos a otra realidad y a la cantidad de presos que son inocentes. Aquí me siento víctima de la peor delincuencia, que es la que está avalada por el Estado”.

Y aunque ese proceso duró años, y hoy sólo es una historia más en su vida, nada de eso lo detuvo. Los problemas jamás le hicieron olvidar su visión alpina y su gran pasión por la montaña.

Fue así como en 2013, se planteó subir rápidamente cuatro picos de 5 mil metros en la cordillera de Santiago, y para eso dibujó un particular camino: la primera travesía del cordón Plomo-Paloma, que incluyó El Plomo (5.424 m), el Litoria (5.352 m), el Altar (5.180 m) y La Paloma (4.910 m), todo en una jornada. No lo hizo para romper récords, sino por seguir un sueño descabellado de algo imposible pero que en su interior lo entusiasmaba a seguir contrario a cualquier pronóstico o lógica. De esta forma también llegó otro de sus proyectos más grandes: la cumbre del Cerro Torre. 

La montaña más bella del mundo

El Cerro Torre se graba en la retina de Andrés el año ‘86. Lo ve por primera vez en una revista muy antigua, en blanco y negro, que estaba escrita en alemán. “Apenas se distinguía pero parecía como un dibujo y me llamó la atención. Abro la revista y me doy cuenta que no era una dibujo, era demasiado increíble para ser real. Adentro había más fotos y de ahí me quedó grabado, me parecía de otro planeta. Con los años, después de escalar grandes paredes en roca, empecé a escalar en hielo y mixto, y me propuse subir el Cerro Torre”, cuenta. 

Como era de esperarse, viajó solo y se encontró con una expedición de amigos extranjeros allá. En ese tiempo había muy pocos chilenos que se atrevieran a realizar ascensiones a montañas tan técnicas. 


“Hay como dos grandes montañas que han cambiado mi historia. Yo diría que el Volcán San José es una de ellas, porque de chico, mi padre lo pintó y yo lo veía como algo tan grande (…) y el año 86, cuando tenía 16, subí esta montaña que pensaba que jamás podría subir”, recuerda.  “El Cerro Torre fue parecido; ver esta torre maravillosa, pero que me tomó muchos años poder ascender. Es una montaña mágica y va a tener siempre un lugar muy importante en mi corazón, para mí es la montaña más bella del mundo. La miro y la encuentro de otro planeta”, agrega. 


La primera vez que lo intentó, no pudo subirla…”Ese año todo se confabuló para que yo no pudiera ascenderla. Fue como que la montaña se burlara de mí. Hubo oportunidades pero por una u otra razón, no pude aprovecharlas. A pesar de que en esa temporada yo creo que era la persona que más quería subirla y le puso más fuerzas para eso, no pude”, asegura. 

“Es el destino al final. Pero después llegó un punto de mi vida, donde dije `todos los años tengo un par de semanas al año que me voy a dedicar a esta montaña, y eventualmente la voy a subir`”, cuenta con determinación.

La segunda vez que quiso ir -porque había una ventana de tiempo muy buena-lamentablemente ya todos habían subido y no encontró compañero para intentarlo. 

“En total fui cinco veces. Al final no me había dado cuenta de la cantidad de años que pasaron desde que vi el Torre hasta que lo subí. Pasaron 30 años”, recuerda. 

El 2016 fue el año. Andrés estaba 100% enfocado en llegar a esa cumbre. En esos 30 años que pasaron, la evolución de la tecnología dentro de todos los campos -entre ellos los pronósticos meteorológicos- habían revolucionado lo que es el montañismo en general. “Hoy todos ven el pronóstico, en vez de estar mirando las nubes…hoy, hay personas que están al otro lado del mundo esperando a que se abra una ventana de buen clima para ir a Patagonia,  aprovechan unos días y viajan y después vuelven a casa. Yo lo hice así”, cuenta. 

Y continúa: “y ese año fue especial porque dije, “este es el año”. Las otras experiencias, bueno, siempre que uno no sube una montaña, sale con la cola entre las piernas, pero también es una montaña donde las condiciones son muy variables. La vez anterior que había ido me cayó un bloque de hielo. Me la llevé bastante barata. Entonces hay que aprender qué rutas se pueden hacer, bajo qué condiciones y que hay veces en que el tiempo está increíble, no hay ninguna nube, pero no necesariamente se puede escalar”, aclara. 

“En esta montaña, lo normal es que haya tormenta. Si bien el clima ha ido cambiando a los largo de los años, cada vez las ventanas en Patagonia son más comunes, cada vez son más cálidas, lo cual también lo hace peligroso. Entonces hay que tener cuidado”, agrega. 

En ese tiempo trabajaba midiendo glaciares en la cordillera central, y vio que se venía una ventana de muy buen tiempo, así que trató de seguirla y armó una expedición bastante improvisada. “Convencí al Seba Rojas y al Diego Señoret. Yo tenía una semana de descanso, y tenía que ir y volver a en una semana, o perdía la pega”, recuerda. 

“El Diego con el Seba se iban de expedición para otro lado, iban al San Lorenzo en Argentina, tenían todo montado. Y bueno, al final los llamé, los convencí y partimos esa misma noche a Puerto Natales”, continúa. 


Andrés escalando la cabecera del Cerro Torre.

Fotos del archivo de Andrés Zegers, junto a Seba Rojas y Diego Señoret en la cumbre del Cerro Torre.

“No fue tan difícil convencerlos porque el Seba ya lo había intentado varias veces y no lo había podido subir, y tenía todas las ganas. Y el Diego nunca había ido pero es motivado, así que engancharon al tiro”, relata. 

Compraron los pasajes a última hora y partieron de un día para otro. Fue una expedición flash. “Los cabros me decían, ‘oye pero sale muy caro el viaje’, y yo les decía ‘sí…pero es más caro ir por un mes a intentarlo y no hacer nada’. Yo estaba segurísimo que íbamos a subirlo. Tanto así, que tenía que subirlo y hacerlo rápido o perdía mi trabajo”, cuenta con una sonrisa. 

“Todo funcionó como reloj. El Diego y el Seba son muy buenos atletas y escaladores e hicimos un muy buen equipo. Ir de tres a una montaña así, es bueno porque nos dividimos el peso de todo el equipo y en realidad fue puro disfrute, fue como una gran fiesta de escalada. Todo se dio como decían los pronósticos”, agrega. 


“Cuando llegué a la cumbre no la podía creer. Al último largo, por la ruta Ragni, que es el más complicado, había que entrarle con ganas y la protección no era muy buena, por no decir inexistente en gran parte del largo. La parte de arriba es nieve desplomada, es peligroso”, asegura. 


Y continúa: “Pero iba con una tranquilidad y una determinación, que nunca se pasó por mi mente que no lo íbamos a lograr. Era como que ya estaba escrito”, concluye. 

Los tres hicieron cumbre el 9 de enero de 2016, por la ruta Ragni, una vía mixta de 600 metros, con dificultades de 90°. Y en febrero de ese mismo verano, Andrés aprovechó una nueva ventana de buen tiempo y ascendió el Fitz Roy. 

Volviendo a empezar

Luego de haber cumplido uno de sus sueños más grandes, las cosas se tiñeron de color negro para Andrés. En abril del mismo año que logró la cumbre del Cerro Torre y Fitz Roy, sufrió un gravísimo accidente en helicóptero. “Ocurrió en Los Bronces, cerca de Villa Paulina, en una minera de Angloamerican, allí yo trabajaba midiendo glaciares. Un compañero de trabajo se había accidentado y me llamaron para ver si podía ayudar en el rescate, y bueno, fuimos al rescate y el piloto calculó mal y el aspa tocó la ladera del cerro”, cuenta. 

“A mí la maniobra de un principio no me gustó, y yo me solté el cinturón antes de que todo eso ocurriera, porque no estaba de acuerdo con que aterrizara en ese lugar. Yo pensé que iba a tocar el aspa, que iba a rodar cerro abajo y se iba a incendiar. Y ocurrió tal cual. Y jugué mis pocas cartas, que era sacarme el cinturón, aferrarme al asiento para no salir disparado o demasiado temprano antes que se rompieran las aspas”, continúa.  

En el helicóptero viajaba otro gran deportista de montaña, Andrés Middleton y  el piloto Andrés Silva. Pero Andrés Zegers fue el único que logró salir con vida.

El helicóptero dio cinco vueltas y según algunos testigos, Andrés salió disparado alrededor 16 metros hasta dar el primer bote y luego 60 metros más cayendo cerro abajo.

“Lo último que me acuerdo es que quise salir. Y salí caminando a pesar de mis lesiones. Yo iba con la mentalidad de que iba a un rescate, a ayudar a un compañero, entonces seguí con eso en la cabeza y en realidad estaba en estado de shock, caminando y hablando puras leseras”, recuerda.

Para su fortuna, solo sufrió algunas lesiones que le permitieron recuperarse de forma lenta pero segura. Sin embargo, el accidente le cambió la vida en todo sentido, ya que tuvo que hacer una pausa en la escalada y el montañismo y comenzar una fuerte y difícil lucha de recuperación. “Desde ese día comenzó todo lo que soy ahora. Estoy recién empezando a hacer mi rehabilitación física para hacer lo que más me gusta que es escalar. No he tenido el tiempo de hacer una buena rehabilitación, por toda la burocracia asociada a mi accidente, que ha consumido gran parte de mi energía y tiempo”, dice. 

“Ahora estoy intentando redefinir mi yo. Ya no soy el que llega y escala un 5.12, así de rápido…no soy ese. Cometo más errores en esto, escalo una ruta y no me acuerdo de los movimientos, es como hacerlo todo de nuevo. Veo que hay una mejora, pero también lo acepto y digo, qué ‘mejor regalo, es como hacer siempre una ruta nueva’. Entonces ya no me achaco más. Veo que sí hay una mejora. Hoy soy una persona diferente de la que era antes y tengo que aceptar eso, es parte de todo el proceso y también tengo que aceptar que estoy partiendo de nuevo”, asegura.


“Y bueno, todo este proceso me obligó a ser un paro de todo. De ser el Andrés que llegaba y se levantaba a las cinco de la mañana a correr, o que a la mitad de su trabajo se ponía a hacer flexiones en el piso, o a elongar aquí, o qué sé yo, o intentar de aprovechar cada instante para entrenar. Ahora todo eso ha estado dormido, por casi tres años. Por un lado, eso necesita despertar y está despertando. Ha sido muy duro tomar la tribuna de observador, pero ha sido necesario. Pero creo que bueno… estoy tratando de ir descubriendo cómo ir mejorando. Viendo que en la medida que mejora mi fuerza física y voy trabajando estas lesiones, va mejorando la cosa. Y que a pesar de que estoy más débil que hace muchísimos años tal vez, veo que puedo hacer cosas que antes no hacía, más que nada por la forma de mirar las cosas”, agrega.


“Ahora hay que empezar a tratar de barrer los problemas para afuera, porque tengo que ser libre. Tengo que ser libre de nuevo. He estado luchando muchos años contra múltiples procesos”, comenta. 

Y continúa: “Cuando yo tuve mi accidente, pasaron muchas cosas, pero una de ellas y que me quedó grabado, es que alguien me dijo que si yo iba a los Himalayas, me iba a matar, y eso lo comprendí este año. Entonces ahora, sabes qué, y lo he pensado, ¿realmente quiero hacer eso? Lo primero que pienso es en mi espalda, no puedo hacer eso. Me apasiona hacer ruta alpina, rápida, que hago en el día. Pero por el momento necesito fortalecer más la espalda y recuperarme”, explica. 

Hoy, al mirar la escalada desde otra perspectiva, y como él bien dice, al tomar la posición de observador, se ha dado cuenta que puede realizar cosas que antes no hacía. “Estoy haciendo Boulder y puedo escalar de forma explosiva, siendo que tengo mucha menos fuerza que antes. Puedo hacer movimientos explosivos que antes no podía hacer. Y eso ha sido netamente por mirar todo con otros ojos”, dice. 

En este largo camino, ha aprendido a aceptarse y a combinar la persona que fue con la que es ahora, y ese ha sido el mayor aprendizaje. Uno de los mensajes que le gustaría entregar, y que repite varias veces antes de terminar la conversación es que…”tienes que seguir lo que te motiva, y tratar de ser sincero con lo que realmente te motiva. Hoy todos me dicen, cuál es tu objetivo ahora, y ese es escalar. Veo que hay un progreso lento pero constante, voy mejorando, así es que ahí vamos a ir viendo hacia donde me va llevando la vida, pero. Eso es lo único que tengo claro”, concluye.

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