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Mujeres Antárticas

Por muchos años la Antártida fue territorio masculino. Cuando en el año 1914 Sir Ernest Shackleton publicó en un diario londinense su llamado a unírsele en la aventura de cruzar el continente, tres mujeres postularon. Todas fueron rechazadas. Explorada  desde el siglo XVIII, recibió las primeras visitas femeninas en los años 30 y 40 siempre acompañando a sus maridos, mientras las primeras mujeres que pisaron el Polo Sur, fueron un grupo de estadounidenses que en 1969 llegaron en avión 58 años después que lo hiciera Roald Amundsen, el primer ser humano en conquistar el punto más austral de nuestro planeta. Hoy la población femenina durante el verano antártico prácticamente iguala al número de hombres que allí trabajan en el mismo periodo, ostentando varias de ellas posiciones de alto mando en varias de las bases gubernamentales y también en la compañía que ha contratado a estas seis mujeres que aquí les presentamos. Una historia corta pero que avanza a pasos agigantados en el continente blanco, donde la igualdad parece ser la regla. De distintos países y con historias de vida muy diversas, estas seis mujeres han elegido la Antártida  como modo de vida, trabajando cada una en áreas diferentes y al preguntarles qué es para ellas esta región considerada por muchos la más inhóspita de la Tierra, todas tuvieron  la misma respuesta: es un hogar. 

Por Olga Mallo.

Hanna Mc Keand

A Hanna Mc Keand siempre le agradaron los espacios grandes y vacíos, que la hicieran sentirse pequeña. Su estatura, sobre el promedio femenino, desde niña la hizo sobresalir de una manera que no siempre ella buscaba. Luego de una temporada acompañando a unos arqueólogos húngaros que buscaban pinturas rupestres en Libia, decidió que lo suyo eran los espacios vastos y después de esa temporada en el Sahara, Hanna buscó el desierto más extenso del mundo para su próxima aventura. Este sería la Antártida.

Nada en la vida de esta mujer de 45 años, nacida en Londres, ha sido convencional. Sus padres ligados al teatro (su madre fue actriz y su padre productor) la llevaron a tener una vida nómade a muy temprana edad, y ella misma, luego de estudiar los clásicos e historia del arte, se dedicó a ser jefa de giras de una compañía que llevaba obras de Shakespeare por el mundo. Hasta que llegaron los arqueólogos húngaros. Hanna pensó en una excusa que la llevara a la Antártica y poder pasar un tiempo allí, para lo que investigó y consideró diversos escenarios, hasta que finalmente sin nunca haber esquiado, se hizo parte de una expedición guiada desde la costa del continente blanco al Polo Sur sobre esquís y arrastrando un trineo con su comida, mínimos efectos personales y su carpa.

No sólo lo logró, sino que fue tanta su fascinación con la experiencia que dos años  mas tarde, en el  2009, regresó sola. Rompió el récord de ese entonces, convirtiéndose en la persona que en menor tiempo ha esquiado desde la costa antártica al Polo Sur (lo hizo en 39 días). Desde entonces cada verano austral esta inglesa de largo pelo rubio y chispeantes ojos azules regresa a la Antártida, ahora a trabajar. Primero fue guía de expediciones parecidas a las que ella misma había realizado y hoy es jefa de campamentos remotos (en Gould Bay, donde anidan los pingüinos emperadores y en el Polo Sur) de la misma empresa que le otorgó la logística para sus primeras aventuras en el hielo.

¿Qué hace retornar a Hanna cada año a este lugar que podría parecer tan inhóspito? “Allí tengo la familia que he elegido. La gente con que trabajo. Especialmente las amistades femeninas. Es uno de los pocos lugares en el mundo donde encuentro mujeres que piensan y viven de forma similar a mi y no hay que dar explicaciones. Para el mundo “exterior” soy un ser raro, algunos me endiosan porque piensan que lo que he hecho es extraordinario. Para mis amigas del hielo soy una más, es como vernos en un espejo, nos reflejamos la una en la otra como mujeres que simplemente tienen el mismo nivel de pasión por la aventura”.  Por eso y por su belleza y vastedad. Es el lugar donde por fin Hanna se siente pequeña. 

Hannah M. levanta la mano con entusiasmo, lista para dar la bienvenida a los invitados al South Pole Camp de ALE.

Aviaaja Schluter

A esta chica danesa de 27 años que creció en Groenlandia, se le desmoronó el único sueño que tenía de niña cuando alguien le dijo que ser pirata no era un trabajo real en  estos tiempos. Entonces, para dejar contentos a los que preguntaban, ella decía que sería cuidadora en un zoológico, pero en realidad no sabia lo que quería. Hasta que un día, trabajando en un exclusivo hotel en un remoto rincón de Groenlandia, conoció a una persona que le habló de un trabajo en un campamento en la Antártica, y entonces Avi tuvo certeza de lo que deseaba hacer en la vida. Postuló y tres meses más tarde estaba bajándose de la gigantesca aeronave rusa que la llevaba a Glaciar Unión. En su país trabajaba como guía de expediciones, pero aquí debía adquirir la experiencia necesaria, por lo que Avi desde hace más tres años es parte del departamento de “hotelería” de esta empresa de turismo y logística antártica. Sus tareas van desde limpiar los baños y apalear nieve, hasta recolectar las bolsas con desechos humanos. Ella lo disfruta y detesta cuando un cliente cuestiona su capacidad al verla apaleando nieve, por ejemplo, y le ofrece ayuda solo por el hecho de ser mujer.

“Con mis compañeros eso no sucede”, cuenta. “Si debemos ir en moto de nieve a otro campamento, preguntamos: ¿Quién maneja tú o yo? No importa si eres hombre o mujer, solo se pregunta para saber quien se sentará atrás. Tu sexo no es lo que importa”.  La Antártida es el lugar del mundo donde esta joven, licenciada en Lengua y Cultura Española, se siente más segura. Cada noviembre antes de partir hacia el sur por tres meses, su familia y amigos le piden que se cuide. Ella les responde que son ellos los que deben protegerse pues se mueven en las grandes urbes. “En cambio a mí, solo mi propia estupidez podría ponerme en peligro” dice.

De vez en cuando Avi sueña con uno de esos sábados en la noche, comiendo pizza, tapada con un plumón y viendo una película, pero lo compensa con las largas conversaciones después de comida con el resto del staff, que al igual que Hanna, ella considera su familia. Y también está su novio, a quién conoció la primera temporada trabajando en la Antártica. “ Realmente conversamos. Nos interesamos en el otro. Nadie esta mirando su teléfono pues aquí no hay wifi. Me cuesta acostumbrarme a eso cuando regreso al ‘mundo real’. Yo tengo todas las redes sociales, pero al volver, después de tres meses en la Antártica, me doy cuenta de que en realidad nada importante ha sucedido. Tus verdaderos amigos te mandaran un correo si han tenido guagua o han decidido casarse”.

Lo que más atrae a Avi del continente helado es su lejanía y su historia, y le maravilla el hecho de que en el interior de éste, donde todo es en superlativo, donde corren los vientos más fuertes, se registran las temperaturas más bajas, los días (en verano) son los más largos, y donde trabajan más de 15 nacionalidades diferentes y se profesan diversas religiones, se pueda vivir en armonía y con absoluta tolerancia. “Si aquí se puede, ¿Por qué no en el resto del planeta?”, se pregunta Avi.  

Kimbra Hughes

Su largo y sedoso pelo rubio se asoma desde la ventana del tractor que maneja cuando llega a Glaciar Union. A personas apegadas a prototipos les haría mas sentido verla manejar un descapotable en la gran ciudad, pero nada estaría mas alejado del interés de Kimbra, una Neo Zelandesa de 28 años. Se baja. Lleva zapatos pesados y al menos cuatro capas de ropa y aun así se ve atractiva. Sin embargo, para sus compañeros del equipode mecánicos de la misma empresa norteamericana para la que trabajan Hanna y Avi, ella es una compañera mas. “Son muy inclusivos” admite ella “Respetan mi trabajo y el hecho de que yo sea mujer no es tema. Quizás lo hubiera sido hace 20 años, pero  ahora se da por sentado que hay mujeres trabajando en la Antártida y muchas de ellas incluso están a la cabeza de equipos”. Kimbra es operadora de maquinaria y como tal  maneja todo tipo de vehículos pesados. Lo hace en el interior de la Antártida y también en su país, donde maneja aplanadoras de nieve en un centro de esquí y tractores en una granja agrícola , dependiendo de la estación del año. Lo suyo siempre ha sido la nieve, su primer trabajo al salir del colegio fue ser instructora de esquí, por eso cuando un conocido mencionó que había una vacante en  su área de trabajo en el campamento de Glaciar Unión, no dudó un segundo en mandar su curriculum, era su trabajo soñado. Desde pequeña había oído en el colegio la historia de los exploradores antárticos y ese mundo la fascinaba. Kimbra ya lleva tres veranos australes trabajando en el interior del continente y aquel día que la vi llegando al campamento manejando el gigantesco Caterpillar, venia desde el Polo Sur. Una travesía de 1000 kilómetros que Kimbra hace cada año arrastrando trineos con treinta toneladas de combustible tras el vehículo. Se turna con dos compañeros para manejar durante los nueve días que dura el viaje. La travesía es una de las tareas, dentro de su trabajo, que mas le gusta. “Es extraño porque no hay nada que ver, sin embargo no es aburrido en absoluto, sigue teniendo esa belleza incomparable y ese silencio que te conecta con tus pensamientos. Aveces escucho música, podcasts o audio books pero también paso mucho tiempo en silencio. Es como manejar sobre un océano, es maravilloso”. Kimbra ha aprendido a leer cartas satelitales y usar GPS que la prevengan de caer en las grandes grietas que esconde el terreno antártico.

Antes de viajar por primera a la Antártida pensó que podía no acostumbrarse al hecho de no poder ducharse a menudo o tener que dormir en carpa por tres meses. Nada de eso le ha importado en las cuatro temporadas que lleva trabajando allá. “En el mundo ‘normal’ no te das cuenta de lo poco que realmente necesitas, hasta que lo reduces y ves que en realidad esto es muy fácil, muy simple y te hace feliz vivir simplemente por un tiempo”. Para Kimbra es difícil explicar a sus amigos en Nueva Zelanda, quienes piensan que viene a un lugar desolado, gris y amenazante, lo distinto que es y lo mucho que ella   goza ese mundo. Por eso durante los meses fuera extraña a sus amigos del hielo pues ellos tienen un estilo de vida parecido y la entienden “La Antártida es nuestro lugar secreto, Es como un club” asegura.

Roxanna Serrano: 

“Yo iría aunque no me pagaran”, fue la reacción de Roxanna al escuchar las historias de Glaciar Unión y su campamento base de boca de alguien que había trabajado allá y que le contó tiempo más tarde que buscaban un asistente de cocina. Ella no dudó en postular. Aventurera y trotamundos desde siempre, la Antártica era uno de los pocos continentes que le faltaban por conocer. Esta viñamarina, a sus 52  años, se ha reinventado varias veces. Estudió biología y genética y trabajó en su carrera en Buenos Aires, donde vivió varios años. De regreso en Chile trabajó como productora de teatro en Valparaíso hasta que las circunstancias la llevaron a  Francia y luego a Barcelona a probar suerte. Le pregunto si este espíritu libre y nómade le ha ayudado a adaptarse a un ambiente tan diferente como la Antártica: “Allá la consideración es casi un lema. Yo te cuido y me preocupo por ti pues es la manera de cuidar de mí mismo. Necesitas un ambiente de empatía, las personas que no lo son no vuelven la siguiente temporada, no se acostumbran. Y eso lo desarrollas cuando has vivido en distintas culturas y has potenciado tu tolerancia”. El trabajo de Roxanna en Glaciar Unión va desde lavar platos a pelar papas y supervisar el buffet en las tres comidas diarias del campamento que atiende un promedio de 120 personas diarias. Para ella nada es comparable a la mística de trabajar ahí. No importa lo que hagas, estar ahí es un privilegio. Según Roxanna la gente piensa que si vas a la Antártica a trabajar es porque no se tiene familia, ni amigos, ni novio y es un escape de una vida miserable. Sin embargo es todo lo contrario cuenta: “Necesitas estar muy bien parado, tener mucha seguridad para soportar la lejanía, el silencio, el clima y ver solo la belleza de ese continente”.

Entre las pocas cosas que Roxanna echa de menos cuando está en la Antártica están las estrellas, la luna y la oscuridad de las noches. De Noviembre a Enero, los meses que ella pasa allá, hay veinticuatro horas de luz y el sol no se pone nunca. Y tiene también un sueño recurrente. En ese sueño se pone tacos, bien altos, y un coqueto vestido rojo, se maquilla y arregla su largo pelo color miel en un moño. Eso lo podrá cumplir, si aun lo desea, cuando termine la temporada. Y cuando ese momento llega, es siempre un shock: “Mientras has estado en el hielo, muchos estímulos, como colores, olores, ruidos desaparecen. Cuando se abre la puerta del avión que te trae de regreso a la ciudad, todo eso te abruma al principio, es bien raro, sientes cantar a los pájaros, hueles el aroma de los arboles que nunca habías notado y los colores se ven mas vibrantes. Por meses has visto básicamente blanco y azul”, relata.

Durante el resto del año, esta cosmopolita chilena vive en Beijing. Dice que no tiene un motivo especifico para ir, que al igual que la Antártica, es una pasión. Allá Roxanna aprende chino, que le es muy útil para comunicarse con los clientes de ese país que van a Glaciar Unión, y enseña español a profesores de idioma mandarín en países de habla hispana. Cuenta que Beijing significa “ciudad del norte” y que de esta ciudad de veinte millones de habitantes viaja al campamento donde en lo más alto de la temporada conviven 120 personas. Ciertamente la única madre (tiene una hija de 30 años) del campamento antártico de Glaciar Unión, es una mujer de extremos.  

Maria Paz Ibarra

Pachi ha perdido la cuenta de las veces que ha estado en el Polo Sur. Cada vez que ha llegado, lo ha hecho sobre esquís pues a pesar de que ella es guía de montaña, cuando esta en la Antártica muchas veces le toca guiar grupos esquiando al punto más austral de la tierra. No obstante, el lugar en el corazón de esta joven chilena es la montaña y, gracias a esta pasión y a su gran experiencia, llegó hace 12 años por primera vez al continente blanco. Fue elegida para un proyecto que desde el primer momento la fascinó y que consistía en medir la altura de las cumbres más altas de la Antártica. Ella fue la única mujer en el grupo de cuatro montañistas que se unieron al gestor de esta idea, el australiano Damian Gildea. Debian subir con GPS, dejarlo unas horas para registrar la altitud de la cumbre y luego retirarlo. Este trabajo era el sueño de cualquier escalador, pues hicieron cumbre en varias montañas jamás escaladas anteriormente y en las otras buscaban nuevas rutas. A través de este proyecto Pachi conoció la compañía que proveía de logística a la expedición y al terminar postuló para trabajar con ellos quienes le ofrecieron trabajo como guía de montaña y travesías. De eso hace ya 10 años. Cada temporada, esta ex ingeniera comercial de la Universidad Católica, asciende al menos una vez el Monte Vinson que es la cumbre mas alta de la Antártica generalmente guiando clientes que están completando el circuito llamado “Seven Summits” que cubre las siete cumbres mas altas del planeta.

A Pachi la apasionan la montaña y la Antártica de igual manera por lo que la combinación de las dos es perfecta: “En ambas vives lejos de las complejidades sociales, las personas son más verdaderas y haces amigos de por vida. Además, cuando te sientes cómodo en estos lugares sin perder el respeto que merecen, sientes que de alguna manera los vas conquistando”.

Reconoce que el mundo de la montaña es mas difícil siendo mujer. Para nosotras, según esta santiaguina de 38 años, es un desafío entrar a ese mundo, donde somos minoría absoluta. “En la Antártida es distinto, aunque soy la única mujer guía en el monte Vinson, no siento la discriminación que siento fuera, no siento que me traten diferente en absoluto”, cuenta. “Aunque a veces desde el de mundo de afuera llega el machismo, cuando algún cliente ve con desconfianza que quien lo va a guiar a la cumbre o al Polo Sur será una mujer, pero gracias al apoyo de la empresa para la que trabajo y luego en terreno todas la dudas se disipan”, finaliza.

Jenny Bouwsema

Creció, como buena chica británica, con las historias de Scott y Shackleton. El ártico y la Antártica fueron siempre parte de sus sueños y aunque tenia la ilusión de ir algún día, jamás imaginó que terminaría viviendo en el interior del continente blanco tres meses cada año y aún menos que allí conocería al que hoy es su marido, un ingeniero de vuelo canadiense a cargo de los aviones Twin Otter que tienen como base Glaciar Unión. Se considera muy afortunada pues mientras muchos dejan a su familia y sus parejas en casa, Jenny siente que esos meses blancos son una prolongación de la vida domestica que vive en Alberta, Canadá, junto a su esposo. Solo que aquí el hogar es una carpa y Jenny no la cambiaría por una pieza bajo circunstancia alguna pues para ella es la única manera de relacionarse  genuinamente con la Antártida. “Una de las cosas que me deja atónita estando allá, es salir cada mañana de nuestra carpa, mirar alrededor y saber que ahí, en cualquier dirección que se mire, hay lugares aun inexplorados. Esa distancia con el resto del mundo es adictiva”.

A sus 31 años, ha acumulado varios diplomas. Primero se licenció de sicóloga, luego obtuvo un doctorado en ciencias con especialidad en agricultura y mas tarde estudió análisis de datos. Cuando finalmente cumplió su deseo de trabajar en la Antártida, comenzó como ayudante de cocina pero en la segunda temporada, su experiencia como analista la llevo al cargo que ahora tiene:  coordinadora de logística y carga para el avión Illushyn 76 de la empresa de turismo extremo con base en Glaciar Unión, además de cumplir el rol de asistente de comunicaciones. “Este ultimo es un ambiente de chicos, porque en ese departamento son mayoría” reconoce, “sin embargo los hombres con que trabajo me hacen sentir valiosa y respetada como un igual. Cuesta volver al mundo real después de este mundo ideal, por lo menos para mí”.

Cuenta que como los buzos o los astronautas, para volver al mundo exterior luego de un verano en la Antártica, se necesita descompresión: “Debes darte unos días y ser gentil contigo misma. No es fácil hablar con todo el mundo y cuando regreso no me conecto a las redes sociales ni abro mis correos por varios días. Debe ser un proceso gradual, de otra manera es abrumador”, señala.

Y esa es otra ventaja de estar casada con alguien que trabaja en el mismo lugar por el mismo numero de meses: no solo comparten esta atracción por el continente helado, sino que él sabe entender esos silencios cuando regresan a casa en Canadá.

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