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Cuatro días en la vida

Que los viajes no resulten tal cual los planeamos, nos llena de sorpresas, improvisación y capacidad de adaptación. Al menos eso aprendí con esta aventura de 4 días, pedaleando por los paisajes de Córdoba, Argentina.

Por Nati Bainotti.

Había llegado a Río Cuarto (Córdoba) para visitar a mi amiga Lu y viajar juntas unos días en bici. La idea era salir a la mañana siguiente y, en 4 días, recorrer 175 km por caminos secundarios hasta Villa Yacanto. Nada del otro mundo: no eran tantos kilómetros ni el camino era tan difícil, ni íbamos tan cargadas.

 El primer imprevisto (mala planificación, tal vez) ocurrió durante la mañana en que salíamos. Lu todavía tenía que comprar el portaequipaje para la bici, yo estaba terminando una nota y nos faltaban algunas provisiones por comprar. Así llegó el mediodía: Lu renegando para poner el portaequipaje, y yo, escribiendo. Y del mediodía llegamos rápido a las seis de la tarde, que fue el tiempo que tardamos en almorzar, en esperar a que abriera la ferretería, en colocar el portaequipaje, en armar los bolsos, en cruzar la ciudad y en arreglar mi rueda, porque, si faltaba un detalle, era ese (al partir, me di cuenta que la rueda delantera estaba pinchada).

 Aunque sabíamos que el sol se iría pronto, decidimos seguir igual. Si lo postergábamos al día siguiente, todo se demoraría de nuevo. Además, en el taller de bici nos indicaron un camino de tierra más corto, más tranquilo y más rápido que la ruta. Al principio estaba hermoso: el atardecer, el aire en la cara, el camino solitario, el sonido y la ruta a lo lejos. Pero después, la oscuridad empezó a caer rápido. Llamamos en unas casas y aunque había luces prendidas, los únicos que nos respondieron fueron los perros con sus ladridos.

Un auto en el camino nos dijo que nadie nos iba a atender, que era tarde y que siguiéramos hasta Espinillo, y ya con la noche envolviéndonos por completo, seguimos pedaleando. Llegamos rápido. La noche y el miedo (¿a la oscuridad, a la nada, al silencio?) nos hicieron pedalear con ganas. Buscamos luces, que alguien nos atendiera, pero nuestros únicos observadores fueron nuevamente unos perros, que cuando los alumbrábamos, los distinguíamos solo por sus ojos. 

Espinillo es un paraje atravesado por la Ruta Provincial 11, dejado en el olvido desde que la Ruta Nacional 36 —la autovía— entró en funcionamiento; y era nuestra única opción, entre tanto campo, para acampar. Frenamos: a nuestra izquierda, un tractor en marcha y un galpón iluminado nos alertaron que había gente a la cual preguntar; a nuestra derecha, una casa de campo viejísima con luces tenues en el interior, y una señora asomada por la ventana, espiando entre la cortina y el marco. Nos preguntamos si nos estaría mirando asustada o asombrada. Ver, a las ocho de la noche, a dos chicas en bicicleta, podía llevar a cualquiera de las dos reacciones.

 Aunque nos dijo que todos le decían nena, la señora tenía como noventa años. Nunca le pregunté, obvio. Su perro no paraba de ladrarnos, asustado, mientras ella nos indicaba las dos posibilidades: acampar en el poco cemento —resquebradizo, roto por los yuyos— del patio, o dormir en la piecita que había al lado. 

 Buscando un par de camas para pasar la noche, desatamos la cadena de la puerta y la piecita resultó ser la otra mitad de la casa, pero abandonada, con algunos escombros, vidrios rotos y baldosas levantadas. Decidimos armar la parte interior de la carpa allí. La armamos y me acerqué a pedirle agua caliente a la señora. A los 15 minutos volví, cuando me dijo que estaría lista. Me dio el agua por la ventana, me dijo buenas noches y que a la mañana volviera para pedirle agua para el desayuno. Le dije que gracias bien fuerte, para que escuchara, y se fue caminando lento, sin bastón, despacito como las tortugas.

 A la mañana siguiente nos levantamos con frío. No nos habíamos dado cuenta de que la puerta tenía un agujero arriba y que las ventanas de las otras habitaciones también estaban rotas. Corría el aire como pancho por su casa. Afuera estaba gris, lloviznaba. Habíamos escuchado llover durante la noche y el pronóstico nos había dicho que para ese día, jueves, estaba anunciada lluvia. Pero también estaba anunciada para el día anterior y falló, y pensamos que correríamos la misma suerte. Mientras Lu empezaba a acomodar las cosas, fui a pedirle agua caliente a nena para prepararnos el desayuno. Las puertas estaban cerradas, el perro que la noche anterior no había dejado de ladrar estaba acurrucado en la entrada, y por más que la llamé fuerte y golpeé la puerta varias veces, nunca apareció.

 Supusimos que no nos escuchó. Alistamos las bicis, pedimos agua caliente al lado, desayunamos en un galpón donde preparaban chorizos y embutidos, y seguimos. A los 300 metros empezaba la Ruta Provincial 11, y al ver el arco que anunciaba 55 km hasta Alpa Corral, nos dimos cuenta de algo: además de que ya era la 1 del día, el supuesto camino de asfalto era en realidad una mezcla de arena y tierra.  

 El aire estaba helado y húmedo; el cielo, gris; el camino, arenoso y los campos, apagados por la falta de sol. Lo peor de esos días no era el día en día, sino cómo te impactaban mentalmente: te preguntás, qué estás haciendo ahí si podrías estar en cualquier otro lado. Duelen las manos, duelen los pies, estás mojado y pedalear se asemeja a andar en una cinta caminadora en la que nunca se llega a ninguna parte.

 Una hora y media después encontramos una escuelita al costado del camino, donde paramos a pedir agua. Habíamos avanzado apenas 15 kilómetros, por lo que llegar a Río de los Sauces —nuestro objetivo para el primer día, en realidad— estaba descartado: faltaban 65 km y al ritmo que llevábamos, no íbamos a llegar hasta bien entrada la noche. Decidimos, en cambio, llegar hasta Río Seco y pasar la noche allí. Seguimos pedaleando, con el cielo gris inmutable y la llovizna constante. 

 En el camino nos cruzamos con un auto que llevaba tres señores bien panzones. Nos dijeron que fuéramos al club en Río Seco, que allí nos recibirían. Que fuéramos de parte de ellos y que les dijéramos que nos dieran lo que necesitáramos. 

 Esta es la nuestra, pensamos. Sin embargo, cuando llegamos, la promesa no surtió tanto efecto. Nos miraron como preguntándonos qué hacíamos allí y nos dejaron dormir en el salón, como hubiesen hecho con cualquiera que llegaba muerto de frío como nosotras estábamos en ese momento. Armamos nuestra carpa en el enorme salón para doscientas personas, preguntándonos cuántas veces podrá, un pueblo de setenta habitantes, usarlo. Nos cambiamos de ropa y pasamos el resto de la tarde al lado de la salamandra, tomando mate, secando toda la ropa húmeda y conversando sin parar. Hacía dos años que nos veía a Lu.

 A la noche llegaron «los señores que juegan a las cartas», como nos habían previsto. Se instalaron, trago en mano, a jugar a la mosca. Estaba a punto de arrimar la silla para tal vez jugar unas manos, pero un «¿querés jugar? Son 100$» me sacaron las ganas de intentarlo. Nosotras cenamos —sin despegarnos de la salamandra— y cuando todos se fueron, nos fuimos a dormir.

Al día siguiente no nos explicamos qué pasó. Nos despertamos a las 8 con la alarma, conversamos un rato, pero cuando miramos el reloj de nuevo, eran las once. Y ponernos en marcha lleva siempre el mismo tiempo: son dos horas entre desarmar la carpa, guardar todo, desayunar y alistar las bicicletas. Arrancamos, de nuevo, pasada la 1. Esta vez, por suerte, el clima estaba de nuestro lado: había solo algunas pocas nubes y el sol asomaba para calentarnos la piel. Pedalear así daba gusto. Y no sé si fue por el cambio del clima o el paisaje realmente cambió, pero los campos dejaron de parecer grises y se tornaron verdes, ondulantes, con molinos que los adornaban y las montañas de Merlo en el fondo. Esta vez, parar a comer no significaba luchar contra el frío, sino disfrutar pelar las naranjas, estar bajo el sol y oír el silencio del lugar. Después seguimos pedaleando felices, parando a sacar fotos a cada detalle que queríamos. No teníamos apuro, y el sol nos hacía disfrutar de nuevo lo más lindo de viajar en bicicleta: el camino.

 No recuerdo bien en qué momento lo dijimos en voz alta ni quien lo sugirió primero, pero ambas ya lo habíamos pensado: ese día tampoco llegaríamos a Río de los Sauces y en realidad, poco nos importaba ya. El plan del viaje había cambiado drásticamente desde el principio y recién en ese momento, 3 días después —que en este caso era igual al final del mini viaje— éramos capaces de aceptarlo. No sólo no llegamos ese día a Río de los Sauces, no llegamos nunca. Finalmente, decidimos desviarnos unos kilómetros hasta Alpa Corral y terminar allí nuestro viaje en bici.

 Los planes están hechos para ser modificados. Al menos los de viaje, y así tuvimos que hacerlo nosotras. Alpa Corral nos recibió con una hora de sol para unos mates y pan con palta, y unos chicos que nos ofrecieron un lugar para dormir y compartir la cena. Y al día siguiente, nos despedimos en los pinares, al lado del río.

 Pretender que todo salga tal cual lo planeado significa poco margen para la sorpresa, poco espacio para la improvisación y poca predisposición para la adaptación. Y eso, justamente, es lo que más exigen los viajes.

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